Todavía no he conseguido olvidarte. Y lo siento por mí pero
estoy convencida de que jamás voy a conseguirlo. Me enseñaste todo aquello que
siempre había anhelado sin ni siquiera conocerlo, me abriste los ojos y
llenaste de color el miedo y la indiferencia que tenía acumulada. Todo fue
perfecto para mí, lo hiciste como nadie lo había hecho jamás y te lo agradeceré
estés donde estés porque me sentí la mujer más afortunada del mundo durante
esos días, porque me siento afortunada hoy al poder recordar lo más bello que
me ha pasado en mi vida.
Tu sonrisa sincera y encantadora que me enamoraba cada vez
que me mirabas. Recuerdo que teníamos una conexión especial y te adelantabas a
mis palabras, eso me volvía loca. Me hacia sentir tan especial. Una vez,
jugando a las películas, adivinaste algo imposible y me sacaste del aprieto de
mis nervios delante de personas que no conocía de nada. Por momentos como ese
no quería estar sin ti porque tú veías más allá de lo que mostraba o te
contaba.
Era tan hermoso oírte reír. Recuerdo que podías estar más de
diez minutos repitiendo el mismo chiste y tu risa no se calmaba a pesar de
ello, volvías a contarlo como si no lo hubieras escuchado, fijándote más en los
detalles. Me encantaba verte feliz, era extraordinario formar parte de tu
felicidad y llenarte de ilusión, de ganas de hacer cosas que habías perdido
hacía tiempo.

Me acuerdo también de tus besos cuando encontrabas un te
quiero escrito en tu despacho, cuando al entrar al coche descubrías un te echo
de menos en la guantera o la cara de tonto que se te quedaba cuando te llamaba
por sorpresa para decirte que todavía olía a ti. Era bonito ver cómo te
enfadabas cuando me ponía a fregar los platos demasiado pronto o cuando
intentaba ayudarte en la cocina.
Y lo sé, no puedo olvidarte pero también sé que no puedo
dejar de recordarte y aunque estés lejos y tú no lo hagas yo sonrío por los
dos. Quizás algún día le cuente a alguien que nos pasábamos tardes enteras
tirados en la cama escuchando música y hablando de amor, que te encantaba
hacerme cosquillas y a mi verte reír sin razón, que me volvía loca cuando
notaba tu olor cerca, que no había nada como la curva de tu barriga para
descansar, que estar a tu lado me hacía sentirme completa y no necesitar nada
más.
Pero la vida no es como las películas de amor y, a veces, la
intuición no funciona tan bien como creíamos y tenemos que resignarnos a un
adiós que sale de nuestros labios sin saber cómo, ni porqué... A veces nos
vemos obligados a abandonar antes de haber comenzado a luchar porque hay
demasiadas minas por el camino. No es fácil renunciar a lo que siempre has
soñado pero nuestro guión es, quizás, el resultado de capítulos que ningún
escritor se ha atrevido a publicar jamás.